martes, 30 de marzo de 2010

La última Feria de Abril



La última Feria de Abril

Lunes de un mes de Abril: el tren atiborrado de viajeros me deja en la estación de Santa Justa a media tarde. Luego de hacer una interminable cola para tomar un taxi, por fin llego al hotel, situado en el casco antiguo, en un palacio del siclo XVIII, donde tomo una ducha reparadora y, cambiada mi ropa informal por una más clásica, tomo un taxi para la Feria a donde he quedado con los amigos frente a la portada.

Me gustó la portada de este año, una obra alegórica conmemorativa de un importante evento, portada que estaba siendo muy criticada por toda la caspa tradicional de una ciudad que, en el siglo XXI, vive aun en pleno XIX.

A medianoche del lunes al martes una explosión de luz que ilumina la portada y las calles del recinto anuncia el comienzo de la Feria. Y miles de personas lo celebran dando gritos, cantando, bailando y bebiendo. Los más pudientes uniformados de traje oscuro ellos, de flamenca ellas, en sus casetas privadas. Los más pobres, la mayoría, deambulando por las calles del llamado “Real” vestidos como pueden y viendo lo bien que se lo pasan los ricos. La clase media, muy escasa, pasando sudores para ser socio de una caseta y aparentando lo que ni son ni tienen.

La noche avanzaba, entre media y media botella y adobo frito. Lo de la media botella en lugar de la de 3/4 nunca lo entendí, perteneciendo a la iconografía surrealista de una ciudad que prefiere algo mucho mas caro y donde la lógica no existe. En fin, que mi estómago trasegaba manzanilla, fritos diversos y otras exquisiteces todas ellas con su capita de albero trufada de toda clase de virus y bacterias.

Amaneciendo me retiro al hotel con los zapatos teñidos ya del polvo amarillo viendo como todas las calles de la feria eran un reguero de basura: cajas de cartón, botellas, restos orgánicos e incluso excrementos humanos y equinos.

Pero la sorpresa fue el día siguiente cuando veo la misma basura, incluso más acumulada en las calles: debido a una huelga de la empresa de limpieza que duraría lo que dura la Feria.

Esa noche tuve realmente verdaderos problemas para volver a casa, dando rodeos porque montañas de porquería cortaban muchas calles y regueros de líquidos fecales surcaban el albero.

Al día siguiente me tuvieron que llevar a la caseta en un todo terreno dado que era materialmente imposible atravesar las montañas de deshechos y protegerse de las moscas que a millones hacían su agosto en la basura. En las casetas seguían a lo suyo, comiendo, bebiendo y bailando, quemando velas para ahuyentar el mal olor.

El jueves fue el día de las ratas. Nadie sabe cómo pero aparecieron a miles, poblando todo el recinto. Hasta alguna murió electrocutada dentro de algún farolillo donde se refugió. Gusanos enormes aparecieron también en los desechos. Blancos del tamaño de un dedo que aquí llaman gallinetas.

El ayuntamiento había despejado las calles merced al uso de excavadoras y colocando las basuras en pilares enormes rodeando el Real y por las calles principales, pilas sujetas por una armazón de madera que daba al lugar el aspecto de un enorme fortín cuyas murallas eran de mugre. Así fue posible celebrar el matutino paseo de caballos, donde los jinetes iban con las tradicionales patillas, el traje corto y una mascarilla contra el mal olor.

Y llegó la noche del viernes y la empalizada de mierda medía ya más de 10 metros, rezumando un líquido marrón nauseabundo mientras la gente seguía indiferente, comiendo, bebiendo, bailando y tirando la basura a la calle y ya sin ningún tipo de pudor haciendo sus necesidades sólidas y líquidas en el muro de caca que protegía a esta ciudad “kirstch”de jaimas apestosas y angostas, decoradas con encajes horteras.

Y a eso de las tres de la mañana se oyó un gran crujido enmascarado por el fragor de la música, pagados sus correspondientes impuestos a los vampiros de la SGAE. La gente no se alarmó hasta no oír el tercer crujido cuando notaron una vibración en la tierra, algo usual en esta ciudad donde todos los años hay algún terremoto. Tembló la tierra con una sacudida mayor y entonces se oyó un ruido grave muy sonoro y los muros comenzaron a derrumbarse sepultando en cuestión de segundos a las miles de jaimas rojiblancas y blanquiverdes y a todos sus habitantes que pese al pánico no pudieron hacer nada, para evitar ser engullidos por toneladas de mierda.

Amaneció en la ciudad, una montaña inmensa de excrementos, como una mierda colosal justo al lado del barrio de “Los Remiendos” alcanzaba proporciones más altas que la Giralda e inundaba con su olor hasta las costas de Cantabria.

En fin que por fin se había cumplido la profecía de que somos un país de mierda.

1 comentario:

Cuentame un cuento dijo...

Toda fiesta tiene sus más y sus menos y no siempre llueve a gusto de todos,pero que te quiten lo bailado¡